En los barrios

Postales de Tigre: La pizzería

Por Tom Dieusaert

A Gabriel, mejor conocido como ‘Gabi’ de La Chispa, lo conocí hace un par de años. Él vivía en la casa de la esquina de la calle Vito Dumas con Alsina, y un amigo y vecino en común, ‘Coti’ la Rosa (como tanta gente con apodos tengo que pensar bien cómo es su nombre de verdad) se nos presentó como “ustedes dos son periodistas y deberían conocerse. Quizás pueden armar algún proyecto en conjunto…”.
Me acuerdo que Gabi vino a casa. Estábamos sentados en el jardín en la hamaca de mi hija y tiramos algunas ideas, pero Gabi ya tenía otro proyecto en la cabeza y me dijo que no quería dispersarse demasiado en “proyectos varios”. Una decisión sabia. El poder de decir “No” viene con los años, y más en el periodismo donde uno sabe que un “proyecto” suele ser más miserable que otro. No conocía a Gabi más allá de saludarlo por la calle, tenía unos cuarenta y largos y por lo general parecía de buen humor y tranquilo. De su vida profesional no sabía nada, pero me enteré que había sido camarógrafo, que había trabajado en producción audiovisual y programas de viaje. Me mencionó algo de la chef Narda Lepes. De ahí su acercamiento a la cocina y su idea para abrir su propio boliche, que como supimos luego, se iba llamar “La Chispa”.

Obra en construcción

La casa de Gabriel ocupa toda la esquina y es de dos plantas, pero siempre era un lugar poco definido, algo entre un galpón y una casa. No sé bien en qué fecha Gabi había aterrizado en este barrio, pero siempre estaba haciendo “algo” en su casa. En algún momento puso una guardería de kayaks, por la cercanía que su casa tiene al río Luján, pero en el momento que nos encontramos parece que ese ciclo ya estaba cerrando. Quizás, porque como vivía ahí arriba, cada tanto los dueños de los kayak lo venían a molestar para sacar o dejar su embarcación.
Después de nuestra charla lo veía entusiasmado y buen humorado, soldando, poniendo marcos para vidrios de colores, y cuando uno pasaba se tomaba el tiempo para explicar lo que estaba haciendo, la idea era abrir un bar para comer algo al paso. Me explicaba que había comprado una heladera para gaseosas y que tramitaba el permiso con la Muni para habilitar el lugar y poder vender alcohol. Afuera, en la pared, había pintado unos murales enormes. Adentro ya estaba el equipo de soldadura, la caballetes para cortar vidrio, la barra, una sillas hechas con troncos de árboles, un horno de leña revestido con venecitas, todo con un aspecto desestructurado.
Aunque Gabriel no era un nativo de Tigre -creo que originalmente viene de zona Oeste-, se comportaba como tal: relax total, música reggae flotando desde el balcón y un mar de tiempo compartido entre el río y el continente. Yo veía que el proyecto avanzaba lento, y tenía mis dudas si algún día se iba realizar. Tal vez Gabriel cambiara de idea y lo convirtiera en un “club house” de barrio. Gabi no me parecía un tipo “comercial”, más bien artístico , y bastante diestro para la construcción. Dudaba que iba a tener el tesón y la disciplina para regentar un negocio a diario. Además, no hay que olvidar que estamos en Tigre, donde “la onda” es “para abajo” y no hay demanda, la gente no consume y menos algo mínimamente sofisticado.
He visto muchos locales de gente que vinieron de otro lado, para cerrar en el transcurso de meses. Uno que quiso poner una ferretería, una pañalera, un lugar de accesorios para celular. En este barrio simplemente no hay más movida que el verdulero de Héctor y carnicería de Ariel, el almacén de Jorge, la papelería de Arturo y el ya antes negocio de Tita -ver debajo La ecuación del limón- . En toda la zona — llamada la Isla o la Costa — no hay ningún otro comercio digno de mencionar, no porque esté prohibido, sino porque los habitantes no compran nada. Quizás porque hay dos tipos de habitantes: Jubilados/as de PAMI o familias jóvenes del tipo urbano que se mueven sólo en automóvil y compran todo lo que necesitan en el Carrefour o Jumbo, (con tarjeta, claro). De ahí manejan a su casa y lo estacionan en frente de su dúplex, su casa con ladrillos rojos a la vista o su chalet Mardel (estos son los estilos arquitectónicos que más se manejan en la zona).
Hasta hace muy poco, el barrio era la chatura encarnada. Era la retaguardia del Paseo Victorica con sus boliches de mala muerte, como Olaf, el Galeón y Brujas, donde se puede comer chinchulines y choris con un cuba libre y reggeaton, y un partido de fútbol en el fondo. A los comensales — ocupando la vereda y así colonizando el espacio público — se les ofrecía la vista sobre el agua marrón del Luján, algún que otro bagre muerto y con suerte una heladera flotante.

El personal familiar de La Chispa.

Una sorpresa

Pero Tigre cambió mucho en dos años. Claro, hay un antes y después del virus (ahora estamos en el año 1 DV). Me acuerdo, posta, que en noviembre 2018, ni bien abrió el boliche de Gabi, justo me mudaba por un año a Capital, y alquilé mi casa y pensé: “chin, justo cuando abrieron algo potable en el barrio, nos estamos yendo.”
La verdad es que la Chispa desde el primer día fue un éxito total: no sé si viene al caso analizarlo, pero seguramente confluyen varias cosas: no había otro lugar de comida decente en un radio de cinco kilómetros alrededor; uno se podía sentar en un ambiente agradable (no en sillas de plástico bajo una luz de neón, como en el Club Vito Dumas); no había que que bancarse el partido Temperley vs San Telmo a gran volumen; se escuchaba música original de hoy (como Los Espíritus), y no Soda o el Indio, para no sentirse viejo. Había mesitas afuera en la vereda y se podía ver toda la acción en la cocina.
La estrella de la Chispa era sin duda el horno mixto con quebracho y gas. Los ingredientes de la pizza eran de excelente calidad: mozzarella, aceitunas, jamón serrano e ingredientes sorprendentes como alcauciles, queso de cabra, tomates secos, portobellos, endivias. Algunas de esta ideas Gabi se las había traído de Narda Lepes, sin embargo lo más importante de la Chispa es la masa. Una tarde tranquila cuando me lo encontré preparando el restaurante, Gabi me lo explicó: “La masa la hacemos el día anterior, amasamos y dejamos que trabaje la levadura. No tiene sentido hacer la masa de la pizza (con harina de trigo) una hora antes de hacer la pizza como hacen muchos. En ese tiempo la levadura no ha tenido tiempo de trabajar. Hoy hacemos la masa para mañana y la metemos en la heladera para que fermente sin apurarla. Además, esa masa levada es más rica y más ligera para digerir ”. Creo que éste es el secreto mayor de Gabi — la masa —, porque vienen desde San Fernando a comprar pizzas y llevárselas y no creo que es por ‘la onda’ del lugar. Aunque la onda no sea para despreciar.


Cuando volví al barrio, en noviembre del año 1 AV (2019), me sorprendía el ambiente en la esquina. Gente esperando su pedido, tomando una cervecita, socializando, riendo. Gabi contrató como maestro pizzero a su primo hermano, y el resto del personal también eran familiares cercanos. Cada vez que se metía una propina en el tarro, estallaron en júbilo en unísono. Las meseras eran chicas del barrio. Había una onda informal, pero funcional. Gabi organizó algunos eventos culturales, como lectura de poesía o proyecciones de películas estilo cine-club de barrio. Claro, la idea no era tanto crear un centro cultural o un polo gastronómico en la esquina de Vito Dumas y Alsina, pero sí que haya ‘vida’, algo que tanto hace falta en la Isla en Tigre con sus museos con olor a naftalina.
Obviamente, yo como cliente primerizo me esnobicé un poco y ya no voy tan seguido a La Chispa, o hago compras muy específicas (como alguna empanada de bondiola curada con cerveza), pero algo que me encanta es pasar alrededor del mediodía cuando apenas abre el local y me llevo una baguette, que la noche anterior fue horneado con el calor que quedaba de las últimas brasas. En casa la unto con manteca, tomates y albahaca de la huerta y me digo que “éste lugar no tiene nada que envidiarle a ningún otro lugar del mundo.

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