En los barrios

20 años después, carta abierta a Enrique García Medina

Por Santiago Chechenia

Una respuesta a la convocatoria que difundió la Revista Anfibia “¡Te estamos buscando! Queremos conocer tu historia”, publicando la icónica foto del gran documentalista Enrique García Medina en la que se ve un joven, con la cara tapada, arrojando una piedra a la policía el 20 de Diciembre del 2001 en Diagonal Norte y el Obelisco. A 20 años de aquella foto, el fotógrafo se pregunta sobre aquel hombrecito. “Me gustaría encontrarlo y conocerlo para ver qué piensa hoy”. Acá estoy.

Usted que es fotoperiodista. Usted que registra momentos precisos y tanto aporta a la memoria social y la reconstrucción histórica de las luchas populares. Usted que me fotografió hace 20 años en la calle y ahora quiere saber de mí. Acá estoy. Le cuento algunas imágenes previas para que pueda entender mejor aquella foto que usted sacó y recorrió el mundo. En 1997, fui despedido del IMPA (Industrias Metalúrgicas y Plásticas Argentina) y sentí que mi vida se arruinaba. De 1998 recuerdo que un amigo de Barracas me invitó a ver una obra de teatro que se llamaba Poroto; actuaba un loco que se llamaba Pavlovsky, en una calle que se llama México. La obrita contaba la historia de un tipo que, escapando de situaciones tóxicas, de un tiempo que se siente perdido y nos captura y nos obliga a decir algo, crea otras zonas de comunicación. Poroto era una estrategia de supervivencia, el protagonista que siempre zafaba. En 1999, pedí un préstamo al Banco Nación y me puse un bar en La Paternal.

Buenos Aires es una ciudad que te obliga constantemente a replegarte para poder pensar un poco, como todas las grandes ciudades supongo, como todas las ciudades. El bar se llamaba Rollo, al principio nos iba muy bien, con lo que ganábamos íbamos devolviendo el préstamo y los intereses que cada vez aumentaban más. Después, en el 2000, la gente no tenía un mango, había clientes que nos cambiaban un café por un corte de pelo, una birra por un bolso, llegamos a cambiar 20 cenas por una máquina de coser y cuando la señora cenó la última noche, le devolvimos la máquina. Esas cosas pasaban también. Yo no sé dónde andaba usted, pero cuando en marzo del 2001 López Murphy anunció las medidas del ajuste, estábamos en el bar y sentimos ahí que en cualquier momento se acababa el Rollo. Antes de que asumiera de nuevo -como ministro de Economía Domingo Felipe- Cavallo, ya habíamos descolgado del bar los cuadros de Bartolina Sisa, Atahualpa, la Cris Miró, los cuadritos que había armado yo en mi casa con láminas truqueadas en Once. A mediados del 2001, terminamos el Rollo y pasamos a vivir en el infierno, en algo muy parecido al olvido.

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Cuando anunciaron la retención de dinero en los bancos, nos queríamos matar; ahí teníamos una parte de lo que teníamos que devolver. Yo me acordé de Poroto, que siempre zafaba, inventando lenguajes. El 2001 en lucha no fueron dos días, las asambleas empezaron a mitad de año, yo participaba de una en Barracas, era el espacio donde podíamos respirar y seguir en medio de aquel averno generalizado. Estuvimos meses ensayando nuevos lenguajes de la resistencia. Y esas asambleas siguieron después del 20 de diciembre y nacieron otras, se multiplicaban las asambleas como un virus rabioso, en cada provincia, en cada barrio, en cada casa. Llegaban las noticias. Y esos dos días que ustedes pintan como épicos, estábamos ahí en la plaza inventando formas, de manera genuina y colectiva, estábamos en carne y hueso, ahí estuvimos, usted también. Tirando piedras y soñando con un mundo mejor. Hacía mucho que el pueblo no tomaba decisiones sobre su destino. La “poroteamos” a lo grande, la foto que usted sacó es en Diagonal Norte y Obelisco. Si usted está pensando quién es quien realmente escribe esta carta, déjeme recordarle que la realidad es un vestuario que vamos cosiendo cada día desde que nos levantamos, y usted, que es fotógrafo, debe saber que lo que se entiende por verdades no son más que visualizaciones parciales, proyecciones subjetivas. Yo soy David Moreno, Rosa Eloísa Paniagua, Carlos Almirón y todas las víctimas de la represión del Estado en esos días y en todos los días, ellxs soy. Ni héroes ni mártires, almas inquietas, amigues.

Si usted está pensando quién es quien realmente escribe esta carta, déjeme recordarle que la realidad es un vestuario que vamos cosiendo cada día desde que nos levantamos, y usted, que es fotógrafo, debe saber que lo que se entiende por verdades no son más que visualizaciones parciales, proyecciones subjetivas.

No es merecido que se trate aquello del 2001 como una simple postal, permítame decirle que la foto, esta foto que usted sacó y recorrió el mundo, sigue en movimiento. La legislatura en Chubut acaba de votar a favor de la megaminería y el pueblo salió a la calle. Ahora, ahí pueden buscar el 2001, 20 años después, en esta experiencia, en este tipo de reacciones populares: quemaron las casas de gobierno, de malos gobiernos. Es que, Enrique, al opresor se le responde y la violencia no es nuestra propuesta, a la violencia la impone el Estado haciendo negocios con las grandes corporaciones, pagando una deuda externa contraída para fugar dinero del país. Una vez más, lo hacen y se protegen entre ellos, mientras que la deuda es con el pueblo, ¿no le parece, maestro? En la rebelión popular que sucedió en Ecuador y en Chile, y en Honduras antes de la pandemia, ahí estamos, ahí pueden buscarnos, rastrear lo que hacemos con la rabia, con la imaginación frente a las nuevas y siempre capitalistas normalidades, en todo eso que se mueve, ahí está la gesta del 2001 que ustedes caracterizan de heroica y que de heroica no tuvo nada, porque perdimos, porque a los seis meses nos mataron a Maxi y a Darío, porque nos quebraron, porque no teníamos jefes ni voceros, en ese momento reaprendíamos a organizarnos, en esa ofensiva sensible de personas atravesadas por la crisis, en esa respuesta sin pretensiones de quedar en los libros está el espíritu de aquellos días del 2001, cuando salimos a la calle a decir basta y nos tiraron con todo el aparato de las fuerzas de seguridad encima, como lo siguen tirando contra les pipis de los barrios, lxs inmigrantes, los pueblos originarios, la juventud rebelde. Usted y la Revista Anfibia quieren saber quién soy, qué hago, qué fue de mí y yo les recuerdo que un pañuelo en la cara significa no sólo que oculto mi identidad para protegerme, es que no quiero quedar pegado. Supongamos que llega la derecha a gobernar en esta democracia representativa que es una farsa de alternancias… a mí me llevan preso por destrozos hace 20 años, si es que corro con la suerte de que no me apliquen la ley antiterrorista. ¿Para qué quieren saber mi nombre ustedes? Esto no es el programa “Gente que busca gente” que conducía Franco Bagnato en el 99 o algo romántico de corte Sorpresa y media de Julián Weich, adorando y adornando la imagen de un pasado doloroso. No. Además decirles que el rostro tapado, sin cara, significa que somos todes, que todes somos la misma persona, que como dice y hace el pueblo zapatista, que defiende su propia autonomía, no es Teseo quien elimina al Minotauro que come a los hombres, si leen bien el mito es Nadie quien logra hacerlo. No voy a entregarme. Yo quisiera saber qué están haciendo ustedes de sus vidas, además de los grandes oficios que admiro y sigo por la valiente disputa de poder que dan en relación a los medios de comunicación y el relato de la historia, digo mucho antes que sus valiosísimos trabajos. ¿Qué hacen de sus vidas? ¿Cómo viven? Hace poco, escuché en la radio: “El capitalismo no es para siempre, pero qué largo se está haciendo”. Hasta que no tengamos una linda revolución social, que siento lejos en este país tan idiotamente europeizado, la democracia seguirá siendo dominio del poder corporativo. Hasta ese momento, nos seguimos viendo en las calles, en la rebeldía, inventando resistencias, en la lucha de los pueblos originarios, allí nos vemos, querido Enrique, amigues de la Revista Anfibia y todes les Enriques y Anfibies que vengan después, ahí nos vemos. Puedo ponerme melancólico, pero nostálgico jamás. Arriba lxs que luchan por un mundo más amable, tierno y solidario. Con esa intención, aún cargada de hambre y rabia, iba aquella piedra en la famosa foto. La piedra iba hacia el futuro.
Con respeto y admiración por la tarea que llevan, un actor.

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