Internacionales

La nueva “libanización” del Líbano

Por Rubén Pereyra

Fue llamado la “Suiza de Oriente Medio”. Y no era casual. Las similitudes entre la nación europea y el pequeño país ubicado entre Siria e Israel no se limitan sólo a la cuestión geográfica o poblacional, sino también a su sistema bancario y financiero. Pero hoy el Líbano está lejos de aquellos años de bonanza, tras haberse liberado de Francia.

El país se desangra desde hace meses en una crisis económica sin precedentes. Ha dejado de pagar sus deudas, más de la mitad de la población se encuentra bajo la línea de pobreza y la crisis energética se agrava cada día (en muchos lugares, tienen luz sólo dos horas durante la jornada). También escasea el combustible y, para colmo de males, hace más de un año una enorme explosión arrasó con el puerto del Líbano y alrededores, dejando un saldo de más de 200 muertos y consecuencias políticas y judiciales que ensombrecen aún más la precaria situación, como veremos en esta nota.

Una guerra civil que duró 15 años, de 1975 a 1990, provocó miles de muertos y cuyas consecuencias los libaneses pagan aun hoy.


La historia dirá que los problemas para el Líbano empezaron el día que Yasser Arafat tomó ese país como base para operar con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en los años ‘70, después de huir de Jordania. Este establecimiento le costó al Líbano la invasión de Israel entre 1978 y 1982. Esto ocurría en medio de una guerra civil que duró 15 años, de 1975 a 1990, provocó miles de muertos y cuyas consecuencias los libaneses pagan aun hoy. Las causas de la guerra civil están más que claras, sobre todo a partir de los sucesos de los últimas semanas. El país se encuentra religiosamente dividido casi por mitades entre cristianos y musulmanes –entre éstos, además, las dos ramas principales operan en el Líbano, tanto chiitas como sunitas–, y ese fue el motivo por el cual el país se desangró durante 15 años, y dio origen a la palabra que aun hoy se usa para definir al disgregación de una país: libanización.

La salida de la guerra civil, sus consecuencias y el presente

En una guerra en la cual nadie podía ganar, en los 90 se salió por donde había que salir: un acuerdo de paz hizo que cristianos y musulmanes volvieran a convivir, sin poder olvidar lo que pasó y arrastrando las consecuencias económicas y sociales de una guerra fratricida.
Por ley, el poder en Líbano se reparte entre las diferentes facciones. El cargo de Presidente debe estar siempre ocupado por un cristiano maronita, el cargo de primer ministro es para un musulmán sunita, en tanto que el presidente de la Asamblea de Representantes es un cargo reservado para los musulmanes chiitas. Hoy, el grupo chiita con más fuerza en Líbano es la milicia Hezbollah, financiada desde Irán, la mayor potencia chiita de Oriente Medio.
Como aclaración, digamos que hasta la guerra civil el país había vivido en paz religiosa, tras la retirada de la colonialista Francia. Y como dato podemos agregar que es el país con mayor diversidad religiosa de la región. Se estima que un 54% de la población es musulmana (repartidos entre chiitas y sunitas) y un 41% es cristiana (repartidos entre maronitas católicos, griegos ortodoxos, protestantes y otros, pero donde los maronitas son mayoría).

El Líbano también es lugar de acogida de minorías perseguidas, como los palestinos. Miles de ellos viven en campos de refugiados en territorio libanés. También, tras la guerra civil en Siria, Líbano fue uno de los países que más refugiados sirios recibió.
Si estudiamos más en detalle este país de Oriente Medio, tal vez veamos que el Líbano nunca se repuso de su guerra civil, que los continuos enfrentamientos en la región lo terminaron afectando, además de sus propias guerras y el enfrentamiento y la invasión de Beirut por parte de Israel.

La guerra en Siria, el enfrentamiento de Israel con Irán, terminaron transformando al país en una zona de guerra de otros, como si los libaneses no tuvieran suficiente ya con sus propios problemas económicos y los coletazos de la enorme explosión ocurrida en agosto de 2020.
La investigación por la explosión del puerto es la mecha que hoy vuelve a incendiar al país. Ya se saben los motivos: toneladas de nitrato de amonio acumuladas en el puerto, un Estado que no cumplía los controles que debía haber cumplido, cosas que nadie puede explicar, y con todos los cañones cristianos apuntando nada menos que a Hezbollah, la milicia chiita, como culpable de semejante irresponsabilidad.
Después de aquella tremenda explosión en el puerto, la crisis del gobierno libanés se acentuó y motivó la salida de su primer ministro, Hassan Diab, luego también imputado en la posterior investigación sobre los motivos de la explosión y las responsabilidades políticas y administrativas. Tras una crisis de meses, durante la cual gestionó el país un gobierno sumamente debilitado, encabezado por Saad Hariri –que nunca en ese lapso pudo formar un gobierno de consenso–, la elite política libanesa se puso de acuerdo y eligió al millonario Najib Mikati como primer ministro, alguien que ya ejerció el cargo y pasó por diversos ministerios.

Hezbollah, la crisis económica 

Los dirigentes de Hezbollah, cuyo líder es Hassan Nasrallah, reaccionan victimizándose y culpando al juez Tarek Bitar de perseguirlos. Eso motivó la marcha del 14 de octubre que terminó a los tiros. Todo indica que el grupo cristiano más poderoso estuvo detrás de la provocación. Días antes el principal clérigo cristiano del Líbano, Bechara Boutros Al-Rai, había dicho que “el Poder Judicial debería estar libre de interferencia política y activismo sectario”. Quizás en otro país puede ser una declaración más, en el Líbano esas palabras son casi una declaración de guerra. De allí, que muchos teman una nueva guerra civil. Las consecuencias de otro enfrentamiento fratricida en el Líbano son difíciles de predecir hoy, pero serían catastróficas, y no sólo para ese país, sino para toda la región.
La crisis económica libanesa no tiene precedentes, la deuda externa es impagable, la desocupación de dos dígitos provoca que más de la mitad de los libaneses estén bajo la línea de pobreza, y a todo eso se le suma la brutal crisis energética. Suele haber luz dos horas al día. Las gestiones de Hezbollah para conseguir petróleo iraní apenas aliviaron esta situación.
En medio de todo eso, el riesgo de una guerra civil amenaza con terminar de destruir un país ya devastado. Quizá, por eso el presidente de Francia, Emanuel Macron, se apersonó directamente en el país días después de la explosión. La visita de Macron no sólo tuvo la intención de cuidar los intereses franceses en el país, sino que forzó también un recambio gubernamental porque, por si todo lo anterior fuera poco, la corrupción estatal corroe los cimientos de las instituciones.
De hecho, a la corrupción y la desidia burocrática,, y no a otra cosa debe atribuirse la explosión del puerto de Beirut, más allá de los responsables puntuales. Sólo un Estado que no funciona y no controla puede tener acumulados en el puerto explosivos para volar media capital del país.
La pandemia no hizo más que empeorar todo. Como se dijo, más de la mitad de la población vive bajo la línea de pobreza, pero para un 80%, la desigualdad es mayúscula, porque se calcula que sólo un mínimo porcentaje de la población acumula toda la riqueza del Líbano.
La moneda libanesa se ha depreciado cerca de un 90% desde la llegada del COVID-19, y según el Banco Mundial, la crisis económica de este país podría estar entre las peores tres de la historia, al menos en lo que a datos del Banco Mundial se refiere.
Pensar en una salida rápida de la crisis es imposible. Los cambios de gobierno no resuelven los problemas de fondo, sino que apenas descomprimen. La ayuda exterior no es fácil en momentos que todo el mundo se encuentra lidiando con las consecuencias económicas de la pandemia. El propio presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se encuentra más pendiente de la guerra comercial con China y Rusia que de lo que pueda suceder con su aliado Israel en Oriente Medio.
Una guerra civil en la región, en medio de las amenazas de guerra cuasi nuclear entre Irán e Israel, la guerra en Siria, el terrorismo de Hamás, tendría consecuencias impredecibles para todos los países de la región, cuyos dirigentes más lúcidos (si es que los hay) no saben para dónde mirar a la hora de empezar a resolver algún problema.
En definitiva, el Líbano vuelve a libanizarse. El mundo deberá empezar a preocuparse de resolver los problemas, estén donde estén, porque hoy cualquier principio de incendio causa una crisis en todo el mundo. Y no es exagerado. Si no, pensemos en el pequeño virus que alarmó a Wuhan, en China, hace casi dos años, y hoy sigue teniendo en vilo al mundo entero. Quizá para muchos lectores el Líbano puede quedar lejos. Pero en términos políticos queda acá a la vuelta.

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