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¿Se terminó la globalización o se cayó la máscara?

Redaccion: Milena Arnaldo – Investigación y Producción: Félix Arnaldo


Plantear el “fin de la globalización” a partir de la guerra actual, puede ser algo reduccionista. No tanto en si es verdad o no. Sino en la palabra “fin”; por eso la pregunta es: ¿Se terminó la globalización o se cayó la máscara? Porque hay algo en esa idea que parece cerrar demasiado rápido una pregunta que, quizás, es mucho más incómoda.


¿Y si no es un final? ¿Y si lo que estamos viendo no es el derrumbe de un forma de entender y de ver el mundo sino su exposición más cruda? Durante años nos dijeron que vivíamos en un mundo interconectado. Que la globalización era integración, cooperación, progreso compartido. Un entramado donde todos, de alguna forma, participábamos.


Pero hay una pregunta que empieza a hacer ruido:
¿Conectados u organizados?
La guerra vuelve a aparecer. Explícita. Violenta. Innegable. Y entonces algo se rompe. O mejor dicho algo deja de poder esconderse. Porque tal vez la globalización nunca fue ese espacio neutral que imaginábamos, sino una forma mucho más sofisticada de ordenar el mundo:
•⁠ ⁠quién produce
•⁠ ⁠quién consume
•⁠ ⁠quién domina


La conocida “Curva de la Sonrisa” (Smile Curve): En la cadena de valor global, los extremos de la curva (Diseño/I+D y Marketing/Ventas) son los que retienen la mayor parte del valor económico y están en el Norte Global. El límite inferior de la curva (la manufactura y el ensamblaje), donde el margen de ganancia es mínimo y la explotación laboral máxima, se trasladó al Sur Global y Asia.


El mejor ejemplo es un iPhone que se diseña en Estados Unidos (quién domina/patentes), se ensambla en China o India, con minerales del Congo (quién produce) y se vende con alto margen de beneficio en Occidente (quién consume). Apple retiene la ganancia; los países productores asumen el costo ambiental y laboral.


Otro ejemplo es el monopolio de Patentes y Tecnología: La globalización no socializó el conocimiento. Impuso un régimen estricto de propiedad intelectual (TRIPS de la OMC) que garantizó que el conocimiento tecnológico y farmacéutico quedara en manos de corporaciones del Norte, cobrando rentas al resto del mundo (patentes de vacunas, software, semillas modificadas).

Curva de la sonrisa y desigualdad
La desigualdad y la distribución del trabajo. La curva de la sonrisa

Un sistema que funcionaba —sí—, pero sobre desigualdades estructurales que muchas veces preferimos no mirar. Entonces, cuando hoy hablamos del “fin de la globalización”, quizás estamos nombrando mal lo que está pasando:


•⁠ ⁠La Curva del Elefante (Branko Milanovic): Este famoso gráfico del ex economista del Banco Mundial demuestra quién ganó con la globalización. Los grandes triunfadores fueron las clases medias asiáticas (la mano de obra barata) y el 1% más rico del mundo (los dueños del capital). El gran perdedor fue la clase trabajadora y media de Occidente. No hubo progreso compartido, hubo una transferencia masiva de riqueza hacia la cúspide.

Desigualdad y curva del elefante
La desigualdad y la golbalización


•⁠ ⁠Datos de Desigualdad (World Inequality Report 2022): El 10% más rico de la población mundial concentra actualmente el 52% del ingreso global y el 76% de la riqueza mundial. Mientras tanto, la mitad más pobre de la población mundial posee apenas el 2% de la riqueza. La globalización fue una máquina perfecta de concentración, no de distribución.


•⁠ ⁠La trampa de la deuda: Para el “Sur Global”, la integración a menudo significó endeudamiento. Según datos de 2023, más de 70 países de bajos ingresos están en riesgo de sobreendeudamiento, pagando más en servicio de deuda a los centros financieros que lo que invierten en educación o salud.
Lo que cae no es necesariamente el sistema, sino el relato que lo sostenía. Ese relato de armonía. De equilibrio. De cooperación entre iguales.


La guerra no aparece como una anomalía. Aparece como una continuidad. Una forma más visible —más brutal— de relaciones de fuerza que ya existían:
•⁠ ⁠económicas
•⁠ ⁠simbólicas
•⁠ ⁠culturales


Como si las bombas, de pronto, hicieran visible algo que antes operaba en silencio. ¿Y si la globalización era una forma pacífica de guerra y ahora simplemente dejó de ser pacífica?


•⁠ ⁠El concepto de “Interdependencia Armamentizada” (Weaponized Interdependence): Los politólogos Farrell y Newman demostraron que las redes globales (financieras, de internet, de cadenas de suministro) no son descentralizadas. Tienen “nodos” (cuellos de botella) controlados por potencias (principalmente EE.UU.).


•⁠ ⁠El SWIFT (Sociedad de Telecomunicación Financiera Interbancaria Mundial) y el Dólar como armas: Cuando estalló la guerra en Ucrania, Occidente no usó (al principio) misiles contra Rusia, usó la infraestructura de la globalización. Desconectó a Rusia del sistema SWIFT y congeló las reservas de su Banco Central. La globalización financiera se reveló como un arma de asedio.


•⁠ ⁠La Guerra de los Semiconductores: EE.UU. prohibiendo a China el acceso a microchips avanzados no es el fin del comercio, es usar el control de la cadena de suministro para asfixiar tecnológicamente al rival. La globalización siempre fue una guerra de posiciones.


Hay algo más inquietante todavía. Porque no solo cambia lo que pasa, cambia cómo lo entendemos. Cuando empezamos a hablar en términos de “bloques”, de “aliados”, de “enemigos”, el mundo deja de ser red, y se vuelve campo. Campo de fuerzas y de tensión.


Pero incluso ahí, la pregunta sigue abierta: ¿Esto es un colapso o una mutación?


•⁠ ⁠Friendshoring y Nearshoring: Las corporaciones ya no buscan el lugar “más barato” para producir (Offshoring clásico de los 90s), sino el lugar “geopolíticamente más seguro”. EE.UU. traslada fábricas de China a México (Nearshoring) o a países aliados (Friendshoring). El capital se está reordenando según mapas de alianzas militares y políticas, no solo de costos.


•⁠ ⁠El ascenso de los BRICS+: El mundo se está partiendo en bloques con arquitecturas paralelas. El bloque BRICS ampliado ya supera al G7 en porcentaje del PBI mundial (medido en paridad de poder adquisitivo). Están creando alternativas al dólar para el comercio bilateral. Esto no es desglobalización, es una fractura del monopolio occidental de la globalización.


•⁠ ⁠El comercio global no cae, muta: A pesar de las narrativas de colapso, el volumen del comercio mundial sigue cerca de máximos históricos. Sin embargo, fluye diferente. Por ejemplo: las exportaciones directas de China a EE.UU. bajaron, pero las exportaciones de China a México y Vietnam subieron drásticamente, y de ahí van a EE.UU. El sistema no colapsó, se puso una nueva máscara para saltar las sanciones.


Porque el poder —si algo nos enseñó la historia— no desaparece. Se reorganiza, se desplaza, se transforma. Cambia de forma y de lenguaje pero sigue operando. Tal vez por eso, lo más peligroso no sea la guerra en sí. Sino la facilidad con la que empezamos a aceptar sus explicaciones. Cuando dejamos de cuestionar los relatos, cuando naturalizamos ciertas narrativas, cuando asumimos que “así son las cosas”, algo se adormece. Y ahí sí hay un grave riesgo.


•⁠ ⁠El concepto de “Hegemonía” (Gramsci): El mayor triunfo de la globalización de los 90s (el “Fin de la Historia” de Fukuyama) no fue económico, fue cultural. Logró que su modelo pareciera el único destino natural de la humanidad. El “no hay alternativa” (TINA – There Is No Alternative) de Margaret Thatcher.


•⁠ ⁠La nueva normalización de la violencia estructural: Hoy, el riesgo es que compremos la nueva narrativa de la “Guerra Fría 2.0” o la “Seguridad Nacional” como excusa para justificar presupuestos militares históricos, fronteras militarizadas, genocidios televisados y retrocesos en derechos civiles, asumiendo que “así son las cosas” frente a la supuesta amenaza del “otro bloque”.

Esta nota no intenta cerrar una idea. Al contrario. Busca abrir una incomodidad. Porque quizás la pregunta no sea: ¿Se terminó la globalización?, sino algo más incómodo: ¿Alguna vez fue lo que nos dijeron que era?


Todavía más: ¿Qué tipo de mundo estamos empezando a aceptar como normal sin darnos cuenta? No tengo una respuesta. Pero tal vez, en este momento donde todo parece romperse, pensar en la verdad escondida tras las apariencias sea una forma de resistencia.

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